14 julio, 2024

Javier María Olórtegui es uno de los poetas ayacuchanos que mejor ha trabajado la poesía en los últimos años. Su trabajo merece mucha mayor atención de la crítica literaria especializada. Como buen poeta, que también ejerce de docente, ha decidido desarrollar su trabajo escritural de forma solitaria e individual, sin agruparse a asociaciones o grupos culturales de Ayacucho, pero no por ello deja de gozar de un círculo literario interesante.

En una tertulia con escritores hace unas semanas, me obsequió su libro El camino siempre está lejos (Horfandía Ediciones, 2022), un conjunto de poemas metafísicos que se pregunta por la existencia del poeta, por sus caminos trazados, por sus compañeros o compañeras, por la finalidad de la vida, por la muerte, por la soledad, por las sombras, por la nada, por todo lo que siente y sufre el poeta.

Al estilo de los poetas metafísicos ingleses o españoles, como Samuel Johnson o Francisco de Quevedo, los poemas de Javier María Olórtegui poetizan sobre la vida, las emociones, los sufrimientos, las alegrías y otras sensaciones que percibe el hablante lírico, a través de metáforas y figuras literarias, pero, y esto sería un reparo, con menos oscuridad, simbolismo y densidad que los maestros europeos barrocos del siglo XVII.

Sin embargo, los poemas de Javier María Olórtegui transmiten, dicen, comunican, y eso es importante. Un poema que no dice nada debe preocuparnos, unos versos que son vacíos deben sernos indiferentes, una propuesta que no nos “abofetea” o “ruboriza” merece el olvido. Y en este libro del poeta de 1981 existe, además, como buen espíritu de los Andes, una melancolía dulzona, una añoranza especial, una búsqueda de la sensibilidad humana.

Por ejemplo, el poema “Reflejos” dice así: “Soy los linderos/ que a su paso olvidan los ríos/ soy la tierra y la tierna caña/ los prodigiosos arroyos/ soy arteria urgente y mudo rastro/ vientre de las montañas/ lámpara votiva de luz/ que me late/ y que me quema”. Por ello, de este libro el destacado poeta y esmerado narrador Ugo Velazco ha escrito: “(Javier María Olórtegui es un) poeta de importantes metáforas”.

El año pasado reseñé de forma breve y concisa el poemario más reciente de Edián Novoa, Exhumaciones del colibrí (2023), que me llamó mucho la atención por su fuerza de poetizar la violencia política de nuestro país. Hace poco me llegó de Lima su poemario País milhojas (Editorial Gatoviejo, 2022), una propuesta lírica de índole citadina, urbana, social, política, que viaja por los diversos paisajes de nuestro riquísimo país, en especial de la costa peruana.

Al estilo de la poesía de Hora Zero, Kloaka o Neón, la poesía de Edián Novoa se desarrolla en esta entrega a través de la fragmentación y dispersión de los versos, valiéndose de una forma especial del arte de versar sus poemas. En este libro, el poeta le rinde tributo a su tierra natal, la playa de Lobitos, en Piura, pero con un estilo impersonal, lúdico, social, como ha elegido la poesía de los últimos tiempos. Hasta existe una solemnidad en sus poemas, como si fuera la voz de un hablante del gran mundo.

Existen versos destacados, como los últimos del poema “Cementerio británico”: “mi nacimiento nunca fue un libro/ mi existencia un experimento de laboratorio/ me resistí a desaparecer/ lo repito a los cuatro vientos/ lo repito para no olvidar/ mi niñez fue una fumada q nadie recuerda/ dos camarotes arrullan a mis hermanos/ las olas siguen abriendo mis ojos”. O, por ejemplo, del poema “Pena el asfalto”: “el asfalto/ pena el desierto/ en la delgada línea de un dibujo árido/ en la ida y vuelta de un crayón/ en la serpiente reptando la estepa/ en la marca de hierro en el ganado/ en la espera de una novia imaginaria”.

Otro poemario interesante que me llegó de Lima fue el de Yoshiro Chávez, Las órdenes del ebrio (Hipocampo Editores, 2017). Este libro se caracteriza por la precisión y concisión de los versos, cuya mayoría es de arte menor, es decir, que tienen ocho sílabas o menos. Me recordó en momentos la propuesta de Javier Heraud; sin embargo, el poeta limeño hace hincapié en la sensualidad, en las preocupaciones del cuerpo, en las sensaciones de la corporalidad, donde el cuerpo es un objeto de deseo y de estudio.

Es una poesía de autocuestionamiento, entre la exploración del campo y la ciudad, con cierta incisión coloquial, que, como dijo Roger Santivañez, es “una poesía cuya realización trasunta un tono urbano pop de origen andino”. Destaco al azar estos versos que resalté (pues existen muchos más) en el poema “En la colina”: “El cuerpo/ gusanillo/ blanco azul atezado/ como toda peste/ ubre senil/ giba en el lomo/ sed en el atrio/ trasojado”. O estos del poema “El intervalo diminuto”: “La costilla/ aspira/ respira/ adivina/ el intervalo diminuto/ acosa”. Así que estos tres poemarios son recomendables.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor. Estudió Literatura y la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023). Finalista en Poesía del Concurso Nacional de Cuento y Poesía “Huauco de Oro” (2024). Mención de honor del Premio Nacional de Relato Corto (2023) “Feria de Libro de Amazonas”. Mención especial del Primer Concurso de Poesía (2022) y de Relato (2021) “Las cenizas de Welles” de España. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España.

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