Al parecer las cosas con el covid-19 no termina aún. Durante casi un año estuvimos esperanzados con la aparición de las vacunas contra virus. EEUU y algunos países europeos fueron los primeros en asomar la vacuna aprobada por la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA) mientras buena parte de los suramericanos (sino todos) veíamos cómo la situación económica seguía compleja. Muchos empresarios (especialmente los pequeños) sufrieron los embates de la pandemia y sus consecuencias, sobre todo las económicas. Esto, en primer lugar por las recomendaciones de la OMS. Es comprensible que ante el desconocimiento de la enfermedad es normal solicitar que los países guarden cuarentena pero extender ésta de forma tan abrupta y durante tanto tiempo fue un error cuyo precio siguen pagando las clases más desfavorecidas.

En la región suramericana, la pandemia evidenció las enormes dificultades que tenemos. El covid-19 no ha sido la peor enfermedad que sufre este territorio en el último año; la corrupción sí tiene una antigüedad de mucha data. Figúrese el lector que mientras Europa y EEUU celebraban el anuncio de las nuevas vacunas y la pronta inmunización masiva en sus países, en Suramérica rezábamos para que nuestros líderes buscaran mecanismos que permitan su rápida adquisición. Hasta el sol de hoy, en muchos de nuestros países menos del 20% de la población cuenta con su primera dosis cuando en el primer mundo, el 50% ya están vacunados.

Esta situación nos habla también de la poca transparencia que existe en relación a la toma de decisiones y a la distribución de los recursos públicos que salen del bolsillo de cada ciudadano. Creería (y de antemano me disculpo con los especialistas en el tema) que aquello que nos hace tercermundistas, en primera instancia tiene muchísimos factores; culturales, económicos, sociales, educativos enteros otros miles pero sí hay algo que nos mantiene en el foso de la miseria y nos impide crecer en todos estos aspectos mencionados es la turbiedad y la inmoralidad con la que nuestros gobernantes manejan a su antojo las resoluciones que determinan en buena medida las vidas de su gente. En este sentido, ojalá haya una vacuna social para todos, me parece que la educación es la más adecuada.

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