Escribe: Urbano Muñoz

Un lema fuerte durante la campaña electoral del 2021 en el Perú fue “palabra de maestro”, del candidato Pedro Castillo. Su sentido encierra la cuestión del valor de la palabra. Una cuestión siempre a discutir en un país como el nuestro, tan marcado por la cultura de la transgresión.

El desaparecido sociólogo Gonzalo Portocarrero meditó mucho sobre esta cultura originada tras la llegada del conquistador europeo. En su libro Rostros criollos del mal aludió a los modos de pensar y de vivir de un buen sector de los peruanos que buscan siempre el modo de sacarle la vuelta a la ley.

El mundo de la “viveza criolla” o “pendejada” (término con que se designa a una impostura llevada incluso hasta el goce), es un mundo donde la falsedad es moneda corriente y se pone a prueba diariamente el valor de la palabra, la cual podría estar emasculada por el chamullo o “floreo” (palabrería para impresionar y convencer con fines engañosos).

El “floreo” es un recurso persuasivo usado por los pendejos, sobre todo por los políticos tipo Alan García (paradigma del político criollo del mal). Asimismo, la “mecida” o “paseo” (hacer promesas falsas para salir del momento), con el agravante de que este es un recurso dilatorio. “Sí, señor, mañana mismo vamos a atender su pedido”, prometen los funcionarios tramposos a sabiendas que eso no va a ocurrir.

Son prácticas que se han normalizado en los estratos sociales lumpenescos o “achorados”, donde imperan la mentira y el crimen. Desafortunadamente, estas prácticas se han extendido a todas las regiones del país, estimuladas por la institucionalización de la corrupción.

Pendejada vieja es el convencimiento de los criollos de que ellos, y no las mayorías indígenas, son la nación peruana, olvidando que ellos mismos tienen mucho de lo indígena en su sangre, costumbres y gustos.

Pendejada reciente es la postura de intelectuales tipo Vargas Llosa que se creen demócratas pero instigan al golpe de estado al ver que su candidata ha perdido en las elecciones presidenciales.

En este contexto de transgresión generalizada y “achoramiento de los pendejos” (que creen tener la razón, aunque marchan fuera de la ley, también en los extramuros de la ética), se hace necesario hoy más que nunca preguntarnos si cada palabra que escuchamos es realmente verdadera.

¿Pero cuál es la palabra verdadera?

Paulo Freire decía que no puede haber palabra verdadera que no sea un conjunto solidario de dos dimensiones indesligables: reflexión y acción. Es decir, la palabra no puede estar disociada de la práctica social. Decir y hacer deben ir juntos. Y ello, según el filósofo y maestro brasileño, tiene un gran significado: “decir la palabra verdadera es transformar la realidad”.

Este planteamiento tiene pertinencia para la realidad peruana, convulsa en las últimas semanas debido al accionar de los sectores antidemocráticos.

Significa un reto que nos invita a las personas de buena voluntad a recuperar el sentido de la palabra verdadera y a honrarla, con el sano deseo y perspectiva de transformar positivamente nuestro mundo.

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