EL PERIODO FORMATIVO DE JOSÉ SARAMAGO, LA DISTANCIA QUE NOS SEPARA Y URANKANCHA

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Por Francois Villanueva Paravicino

Las últimas semanas me he encandilado con ciertas lecturas, entretenido con otras e intrigado con algunas, y por ello he decidido comentar tres de ellas. En primera instancia quería comentar sobre el grandioso libro de Horacio Costa, José Saramago: El periodo formativo (Fondo de Cultura Económica, 2004), que esclarece e ilumina un período poco conocido hasta ahora del Nobel de literatura 1998, ya que muchos solo conocen que él fue el autor que tardó décadas en publicar su segunda novela, y que desde que lo volvería a hacer lo forjaría por la puerta grande, con genialidad y maestría.

La investigación detallada del académico brasilero revela que, en ese lapso de tiempo, desde La viuda o Terra do pecado (1947) hasta Manual de pintura y caligrafía (1977), que son tres décadas, el grandioso escritor portugués exploró otros terrenos de la ficción literaria, como la poesía (Poemas posibles, 1966), la crónica (De este mundo y del otro, 1971), crítica literaria en diarios y revistas especializadas, cuentos y relatos (Casi un objeto, 1978) y teatro (La noche, 1979). He ahí un periodo de aprendizaje que desarrolló el genial José Saramago, quien nunca terminó el colegio o la formación secundaria, y que, desde la disciplina, el talento y la pasión por las letras, se encaminó en el sendero que le era señalado.

Su primera novela, según Horacio Costa, se caracterizó por un neorrealismo colindante con el naturalismo más duro que entonces imperaba en Portugal, y que si uno lo analiza incluso en Latinoamérica también los escritores de este lado del mundo practicaban dicha tendencia literaria. Por otro lado, también el libro nos informa que a José Saramago le preocupó las cuestiones filosóficas y los debates intelectuales casi a la par que empezó a trabajar sus primeras obras literarias, como en sus poemas, en sus relatos, en sus reseñas literarias o en su teatro.

En ese sentido, Horacio Costa revela que existe un periodo de transición entre la primera novela de José Saramago hasta formas más complejas de tendencias filosóficas, políticas, teológicas, letradas en sus siguientes trabajos novelescos. En ese sentido, se destruye el mito de que José Saramago fue un autor tardío o envejecido (pues es casi constante la versión que cuentan algunos escritores sobre la edad para empezar a publicar libros, y aquellos siempre se escudan en que uno lo puede hacer incluso a los sesenta años), pues el autor de El evangelio según Jesucristo (1991, que es su versión ficticia del Nuevo Testamento) y de Caín (2009, su versión del Nuevo Testamento) siempre estuvo publicando y trabajando en los terrenos de la literatura, aunque, es verdad, no con la maestría y la tribuna que alcanzó con sus novelas posteriores.

Por su parte, he comprobado que Renato Cisneros ha escrito un libro merecedor de los elogios y de las críticas positivas que recibió cuando salió de imprenta: La distancia que nos separa (2015). El libro puede ser valorado como una novela de historia familiar y de linaje; además, como un documento histórico de la historia peruana de la segunda parte del siglo XX, pues abarca acontecimientos históricos y políticos de mucha importancia en las altas esferas de la política nacional peruana, a través de la investigación del narrador protagonista sobre su padre Luis Federico “El Gaucho” Cisneros, un exgeneral, varias veces ministro de Estado, candidato al Congreso de la República, figura pública en la prensa y en la televisión, entre otros.

Sin embargo, el protagonismo político y público del “Gaucho” Cisneros no hizo que no sea analizado también su lado moral y familiar al dedillo por su hijo, quien, junto con su hermana mayor, su hermano menor y su madre, fueron abandonados cuando aquel se consiguió otra mujer; y por ello es interesante analizar la carta que aquel envía a sus hijos cuando se consuma la separación, una carta compleja, sentida, sufrida. Y así otros detalles de aquella tensa unión familiar que al final culminará con los últimos días de aquel personaje literario, uno de los más interesantes de la década pasada en la novela nacional.

Por otro lado, mi paisano y escritor que también ejerce de abogado, Santos Morales Aroni, hizo bien en hacerme llegar su última entrega, Urankancha (Cascahuesos Editores, 2022), un libro de poemas en verso libre y en prosa que desarrolla la temática de la búsqueda de los orígenes y las raíces andinas de un joven que vive los tiempos modernos, y por ello sus cantos son sentidos, hondos e, incluso, se vale del “lenguaje transcultural” entre el español y el quechua para revelar ese profundo arraigo con la tierra, con la naturaleza, con las plantas, con los ríos, con las comunidades, con el amor. Aunque encontré ciertos detalles que mejorar, el libro nos ayudará a conocer una de las propuestas más interesantes de la “nueva poesía posneoindigenista”.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor (1989). Cursó la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022). Textos suyos aparecen en páginas virtuales, antologías, revistas, diarios y/o. Mención especial del Primer Concurso de Poesía (2022) y de Relatos (2021) “Las cenizas de Welles” de España. Semifinalista del Premio Copé de Poesía (2021). Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España.

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