13 junio, 2024

Aarón Alva es un escritor que salió a la palestra con Cuentos ordinarios (Caja Negra, 2017) y, después, continuaría ese oficio con El enigma de la silla rota (Editorial Apogeo y Cuenta Artes Ediciones, 2018), que fue el libro con el que lo conocí en la Feria Internacional del Libro de Lima de ese año y con el que entablamos una pequeña amistad. Él también era músico profesional y también fungía de reseñista en la web de difusión literaria Cuenta Artes.

El año pasado editó Un buen taxista es difícil de encontrar (Colmillo Blanco, 2022), que es, según la crítica y los lectores que lo conocen, su mejor propuesta narrativa. Incluso le ha valido el Premio Luces del diario El Comercio al mejor libro de relatos del 2022. Además, ha sido su libro más comentado en diarios, páginas de literatura, webs de crítica literaria y en las diferentes redes sociales.

Yo leí este libro de un tirón, como acostumbra sucederme con los libros que están escritos con un estilo definido, esmerado, ágil y entretenido, porque los cuatro cuentos que conforman el libro me parecen buenos en el lado formal, es decir, están escritos con pericia y logrado manejo del lenguaje. Cuando el autor ha logrado eso, es que ha hecho un buen trabajo, es decir, ha escrito con pulcritud.

Sin embargo, los cuentos que me parecieron los mejores del libro son los dos primeros, que sobresalen del otro par porque esconden ciertas simbolizaciones temáticas, es decir, que están escritos como en claves existenciales, como si fueran experiencias de vidas que se condensan en los personajes y que, como una especie de espejo de Dorian Gray, están consumiendo las vidas de estos entrampados en las que serán de los que se les parecen, que, por supuesto, son personajes más jóvenes y que tienen todavía una gran parte del sendero vital que recorrer y que pareciera que tendrán los mismos destinos.

Me explico. Por ejemplo, en el relato que abre y que da título al libro, la protagonista es una meretriz que, luego de una noche de desenfreno, llega a una taberna donde el dueño le dice que se parece a su hija y donde un parroquiano la conoce y, después, le arma una pequeña bronca. Ese jovencito le habla sobre el gato de Schrödinger que, como explican las teorías cuánticas, es una clase de paradoja donde cierto ser puede existir o no puede existir al mismo tiempo, debido a un fenómeno conocido como superposición cuántica.

Y esto viene a colación porque la meretriz tiene una lotería cuyo premio es millonario y que, después de salir de la taberna, toma un taxi a las periferias de la ciudad, donde el taxista le cuenta que su madre ejercía el oficio más antiguo del mundo y que perdió además una lotería que la hubiese hecho millonaria. Al final del trayecto, la protagonista central del relato decide quemar la lotería suya, y esto me dio mucho qué pensar: un hijo que se encuentra con una especie de su madre de joven, que, siendo supersticiosos, podría ser ella misma. Al final el taxista, un buen tipo, le invita a ir a Iliana, una tierra etérea casi esperanzadora en medio de la grisácea Lima. Es decir, un tipo de ciclo temporal que viene y se va, que se aleja y regresa, como un eterno retorno en espiral.

El siguiente cuento, “Concurso de música”, también me pareció logrado porque pone en acción a un docente de música que, como se cuenta a través de los monólogos y efluvios mentales del protagonista, nunca ha merecido un galardón por su arte y que, por cuestiones del destino, tiene que ser jurado de un certamen de música de colegiales. Las reflexiones sobre los concursos y certámenes artísticos, entre los fracasos y los triunfos, son lo mejor del libro, ya que es un tema que importa demasiado a los principales actores de dicho escenario. Además, porque se siente la psicología del perdedor en nuestro personaje, sus inquietudes y sus dudas. Y yendo un poco más allá en nuestra lectura, se podría reconocer el sentimiento competitivo de los colegiales participantes del certamen en lo que vive en carne propia el músico protagonista que ha decidido ser jurado luego de dudarlo demasiado.

Los otros dos relatos, “Una segunda primera vez” y “Relatos de bicicleta”, desarrollan temas más familiares, como las rupturas de los lazos consanguíneos o los problemas de parentesco que sufren, pero también desarrollan, como en casi todo el libro, el erotismo en el que se refugian y que parece consolar su mediocridad, su carácter periférico, su estatus subalterno, su condición humana más animal y más salvaje.

Sobre este libro, Gabriel Ruiz Ortega ha dicho: “Aarón Alva brilla por el silencio poético de su prosa diáfana y la mirada que resetea la configuración moral de sus personajes”. También Ricardo Sumalavia ha escrito: “En los relatos de este libro se construye una Lima que creemos reconocer y donde ―si no lo hemos hecho antes― transitamos junto a sus personajes por esas calles lúgubres y, al mismo tiempo, seductoras”. Por ello, este libro es recomendable.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor. Cursó la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023). Textos suyos aparecen en páginas virtuales, antologías, revistas, diarios y/o. Mención especial del Primer Concurso de Poesía (2022) y de Relatos (2021) “Las cenizas de Welles” de España. Semifinalista del Premio Copé de Poesía (2021). Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España.

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