22 junio, 2024

Con la venta de chicha de quinua crió a sus hijos y deleitó al pueblo de Tamburco donde reside

En el distrito de Tamburco, provincia de Abancay, en la región Apurímac, a un costado de la iglesia principal, vive Cipriana Solís Pérez, una orgullosa quechua hablante y reconocida exponente de la gastronomía apurimeña. Ella es conocida por el sabor magistral de su chicha blanca a la que todos conocen como la “gaseosa Cipri”.

Aparte de conocer el secreto de la preparación de la chicha blanca (bebida a base de quinua) también sabe guisar como nadie el tallarín de casa con estofado de gallina, uno de los platos típicos de su pueblo, el cual se suele preparar en la fiesta del Señor de Exaltación de Tamburco.

Doña Cipriana, que en tres días cumplirá 84 años, cuenta que fue la pobreza y también el machismo de ese entonces lo que no dejó que estudiará. “Yo quería ir al colegio, pero mis padres decían para qué quieres aprender, para escribirle a tus novios. Si hubiera estudiado hubiera logrado muchas cosas”, dice con tristeza.

Nació en un hogar pobre, fue la quinta de seis hermanos, tres varones y tres mujeres. Solo los varones estudiaron y las mujeres tenían que ayudar en la hacienda donde trabajaba su padre y su madre como jornaleros.

MADRE JOVEN

Recuerda que tenía 16 años cuando sus padres la comprometieron en matrimonio con un vecino del pueblo. Así fue como se casó y a los 26 años ya era madre de seis hijos. A esa edad también enviudó, pues su esposo falleció por un problema cardiaco.

Cipriana se convirtió en una madre sola que tuvo que luchar todos los días para sacar adelante a sus seis hijos. Entonces recordó lo que le enseñó su suegra, quien sabía preparar chicha de jora, de maíz, de almendra y chicha blanca.

“De todo hacía, vendía papas, verduras y frutas, y también preparaba chicha blanca y me iba a vender al mercado. Así crie a mis hijos. A todos los mandé al colegio”, narra.

Años después de quedarse viuda, doña Cipriana conoció a otro hombre y se enamoró. Tuvieron dos hijos y cuando pensó que él la acompañaría el resto de su vida, se marchó con otra. Entonces retomó las riendas de su vida y regresó al trabajo intenso. Así logró comprar un pequeño terreno en el cual, con extremo sacrificio, construyó una casita de adobe, en cuya sala habilitó una tienda que casi todos los habitantes de Tamburco conocen.

Y aunque admite que hoy los huesos le duelen y las fuerzas no son las mismas, dice que seguirá preparando chicha blanca hasta el último día de su vida, pues es una forma de honrar a esta generosa bebida que le permitió sacar adelante a ocho hijos.

Hoy doña Cipriana sigue vendiendo chicha blanca. En quechua nos dice que su anhelo es “wawaykuna ruanan yuraq accata”, lo que en castellano significa “que mis hijas sigan preparando la chicha blanca”.

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