Hace unas semanas atrás terminé Gargantúa y Pantagruel (1532-1564) del buen François Rabelais y disfruté las casi mil páginas de la Editorial Bruguera, que reunió los cinco libros del que consta la obra cumbre de su autor y que tiene una bella presentación empastada y decorada con colores dorados.

Mis primeras referencias de ella las tuve cuando leía todo lo que me caía en manos del maestro Gabriel García Márquez, como las entrevistas que le hiciera el periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza, a quien confiesa que entre sus autores preferidos está, entre otros, François Rabelais o, por ejemplo, Daniel Defoe.

También, antes de leer esta obra maestra, en la universidad (donde también era nombrado muchas veces) leí aquel estudio del crítico literario ruso Mijail Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais, quien estudia aquella atmósfera carnavalesca, grotesca, humorística, tremendista, escatológica, que caracterizó a la sociedad contemporánea del autor nacido en Chinon (Francia).

Y es cierto, aquel ambiente carnavalesco se respira de principio a fin en esta novela voluminosa de François Rabelais, ya que elogian, celebran y reflexionan sobre el vino, el sexo, las fiestas, la muerte y el nacimiento, entre otros temas que, con su grandiosa pluma, entretienen y aleccionan al lector que soltará más de una risa al disfrutar de sus páginas.

Algo que impresiona en las primeras páginas de esta novela son los diálogos de ciertos parroquianos que engarza el narrador para que todos le dediquen hermosas palabras al vino o a la bebida alcohólica, resaltando el estado divino y jubiloso de la ebriedad, como una receta contra las enfermedades y otros males que aquejan a los hombres.

También, en esta novela se menciona una lista con títulos de libros de carácter ridículo, obsceno, burdo y de conciencia muy popular y campechana. Aparte, existen listas de juegos de palabras del que realiza Pantagruel, o, incluso, inserta poemas populares o versos sueltos en boca de sus personajes, por ejemplo; o disertaciones y conversaciones de hablantes de diversos idiomas europeos, como en el español, el alemán, el latín, el italiano, productos de los viajes y aventuras que realizan los protagonistas centrales del libro.

Tal vez por ello es correcto afirmar que una de las principales preocupaciones del autor de esta obra magna es pensar en el lenguaje, en el discurso, en aquel material del que se vale el arte literario para plasmar su objeto estético y su cosmovisión del mundo, que siempre se conjugan de forma orgánica como las dos caras de la misma moneda.

También, lo grotesco y lo escatológico están muy marcadas en la propuesta de la novela, pues existen páginas en las que se narra lo que los protagonistas meriendan y comen de forma tremendista, pues son glotones empedernidos, y, también, sobre sus oscuras consecuencias, como si fuera un interés mayor no dejarlos de lado o de forma implícita.

Como una novela de aventuras (o por extensión, como una novela de caballería), Pantagruel y los suyos realizan viajes para luchar contra sus enemigos y así dominar tierras y ejércitos, y en dichas aventuras bélicas se topan con seres fantásticos y míticos, como enanos, hechiceros y un largo etcétera, lo que revela el tinte fantástico de la novela.

Además, en el sentido de que ya es una obra clásica de la literatura universal, en sus páginas desfilan referencias a autores universales de inicios de la cultura occidental, como Homero, Heródoto, Sócrates, Epicúreo, Diógenes (entre otros), e, incluso, de sus casi contemporáneos (y esto me sorprendió sobremanera), como el del “poeta maldito” François Villón, aquel que escribió grandes poemas y que fue condenado a morir en la horca por ser asaltante de carreteras, pero que, como afirma Rabelais, se salvó a duras penas y, al final, fue exiliado.

En efecto, esta novela que fácilmente podría competir con la realidad de tú a tú (he ahí su carácter de novela total), recurre al recurso de la aglutinación de elementos, personajes, temas, conflictos y escenarios, entre otros, que es un recurso muy válido en el arte de construir catedrales que es, a fin de cuentas, el arte de la novela. Por ello, es necesario leerla y aprender de ella.

=========================

Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en diversas páginas virtuales, antologías, revistas, diarios, plaquetas y/o, de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España. También, ha sido distinguido en otros certámenes literarios.

¿Qué opinas?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

*