Por: Francois Villanueva Paravicino

El poeta de la Generación del 27, Luis Cernuda, descubre el espíritu moderno a través del surrealismo. El mismo Cernuda se ha referido varias veces a la seducción que ejerció sobre su sensibilidad la poesía del poeta francés Pierre Reverdy, maestro de los surrealistas y también suyo. Admira de Reverdy el “ascetismo poético” que lo hace construir un poema con el mínimo de material verbal; pero más que la economía de medios, admira su reticencia.

Según Octavio Paz en su texto Cuadrivio (1965), para Cernuda el surrealismo fue algo más que una lección de estilo, más que una poética o una escuela de asociaciones e imágenes verbales: fue una tentativa de encarnación de la poesía en la vida, una subversión que abarcaba tanto al lenguaje como a las instituciones. Es decir, una moral y una pasión.

Cernuda fue el primero, y casi el único, que comprendió e hizo suya la verdadera significación del surrealismo como movimiento de la liberación. Por ello, el surrealismo es una tradición. Con ese instinto crítico que distingue a los grandes poetas, Cernuda remonta la corriente: Mallarmé, Baudelaire, Nerval. Aunque siempre fue fiel a estos tres poetas, no se detuvo en ellos. Fue a la fuente, al origen de la poesía moderna de occidente: al romanticismo alemán.

Cernuda en una carta de 1929 escrita desde Madrid, pide a un amigo de Sevilla que le devuelva a varios libros y además agrega: “Azorín, Valle Inclán, Baroja: ¿qué me importa toda esa estúpida, inhumana, podrida literatura española?”. No se escandalicen los casticistas. En estos mismos años, como dice Octavio Paz sobre este posible anti-españolismo de Cernuda, Breton y Aragón encontraban que la literatura francesa era igualmente inhumana y estúpida.

La “otredad” en sus manifestaciones más totales: el otro mundo y la otra mitad de este mundo. Y, sin embargo, Cernuda hace fuerzas de flaqueza y crea un universo en el que no faltan dos elementos esenciales, uno del cristianismo y otro de la mujer: la introspección y el deseo amoroso. Ellas se ven reflejadas con maestría y oficio en su obra poética completa, La realidad y el deseo (1936), donde uno, al leerlo, goza de la profundidad y la belleza de los versos.

Cernuda nunca cayó en la afectación de lo popular (afectación a la que debemos, de todos modos, algunos de los poemas más seductores de nuestra lírica moderna) y trató de escribir como se habla; o mejor dicho: se propuso como materia prima de la transmutación poética no el lenguaje de los libros, sino el de la conversación. No acertó siempre. Con frecuencia su verso es prosaico, en el sentido que la prosa escrita es prosaica, no el habla viva: algo más pensado y construido que dicho.

En ese sentido, Octavio Paz en el texto citado afirma que por las palabras que Luis Cernuda emplea, casi todas cultas, y por la sintaxis artificiosa, más que “escribir como se habla”, a veces Cernuda “habla como un libro”. Lo milagroso es que su escritura se condense de pronto en expresiones centellantes. La verdad es que el único poeta español moderno que ha usado con naturalidad el lenguaje hablado es el olvidado José Moreno Villa.

Es ya una costumbre decir que Luis Cernuda es el poeta del amor. Es cierto y de este tema brotan todos los otros: soledad, aburrimiento, exaltación del mundo natural, contemplación de las obras humanas. Dijo alguna vez Cernuda: “La verdad de mí mismo, es la verdad de mi amor verdadero”, lo que releva la trascendencia de la macroestructura de su obra. Sus tendencias eróticas (de placer) no explican su poesía pero sin ellas su obra sería distinta. Su “verdad diferente” lo separa del mundo; y esa misma verdad, en un segundo movimiento, lo lleva a descubrir otra verdad, suya y de todos.

Sin embargo, sobre el placer, Luis Cernuda apenas si aparece en la conciencia de la culpa, y a los valores del cristianismo opone a otros, los suyos, que le parecen los únicos verdaderos. Sobre el deseo, si el deseo es real, la realidad es irreal. El deseo vuelve real lo imaginario, irreal la realidad. Sobre el amor, Octavio Paz dice de Cernuda, que todo amor es, ante todo, inmoral. La poesía amorosa de Cernuda va de la idolatría a la veneración, del sadismo al masoquismo.

Cabe destacar que a Cernuda su homoerotismo le sirve de origen para crear una ética y, además, una estética. Por ello, a veces sus metáforas se revelan oscuras para revelar sentimientos prohibidos. En efecto, para él, el amor es plena y exclusivamente homosexual. Atendiendo las palabras de Gil de Biedma, Cernuda define su identidad en relación con dos puntos esenciales: su ser de poeta y su ser homosexual. Él se siente siervo de la poesía, alguien tan fatalmente destinado a ese ámbito que no espera más recompensas ajenas a su trabajo. Y por ello hasta hoy lo siguen leyendo.


Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en diversas antologías, páginas virtuales, revistas, diarios, plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). También, ha sido reconocido en otros certámenes literarios.

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