LA PEDAGOGÍA DEL AMOR COMO ELEMENTO SOCIOEMOCIONAL

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Por: David Blaquiviel Parra Huaynates (DOCENTE Y ACTIVISTA POR LA TRANSFORMACIÓN EDUCATIVA)

En nuestra región y en muchas instituciones de nuestro país, se han iniciado las clases presenciales en los niveles inicial, primaria y secundaria. Y por acertada disposición del MINEDU, se ha previsto desarrollar sesiones de inserción progresiva a la “nueva normalidad” de una “nueva escuela post Covid-19”, a través de sesiones socioemocionales. En tal sentido, los docentes vienen desarrollando sesiones implementadas a partir de una pedagogía del amor (Cussianovich). Considerando que el carácter emocional juega un rol muy importante en la educación de los estudiantes de nuestros días.

Es por eso que los docentes en su totalidad están desarrollando actividades de motivación extrínseca e intrínseca, basados en los principios de la pedagogía afectiva. En esta pedagogía se comprende que el amor el su principio esencial, donde, se cambia el modelo tradicional de la “letra con sangre entra” por el lema: “la letra con afecto entra” o “la letra se vive con amor”. De ahí que el amor se convierta en el principio movilizador para poder lograr la calidad educativa que tanto anhelamos. Porque toda calidad no es posible sin la calidez, o que toda educación efectiva necesita ser afectiva.

Es en ese sentido, el desarrollo de una pedagogía del amor, requiere de docentes que se conviertan en agentes promotores del afecto sorprendente, imponente y componente. A tal grado que se puede afirmar que la letra entra cuando se le pone sangre, pasión, amor… en el acto educativo. De modo que sirve muy poco que un docente se haya graduado con excelentes calificaciones en las universidades más prestigiosas o tenga muchos grados académicos, si carece del principio del amor. Sin embargo, se trata de un amor que no sólo sea sentimental o sensiblera, sino que se convierta en servicio, atención, cuidado, trabajo, inspiración y donación. Pero este amor promovido por el docente, tiene que hacerse visible en el afecto para sí mismo; a su vocación, a los estudiantes y a su existencia pedagogizadora. El docente tiene que amar su vida, su historia, la novedad del día y clase nueva que estrena con sus estudiantes. Un docente tiene que tener un olor a aula, a relaciones interhumanas, a socialización y capacitación permanente, capaz de generar confianza entre sus estudiantes. Es por eso que se necesitan docentes que sean capaces de dibujar una sonrisa en cada alumno, en sus colegas y en toda la institución. Sólo así, los estudiantes verán en él algo diferente, a tal grado que le darán ganas de seguirlo, porque se sienten “tocados” por su amor. Es por eso que ningún método, ninguna técnica, ningún currículo por grande o técnico que sea, puede reemplazar al afecto en educación.

De ahí, que un educador que se ame y ame su vocación, es el mejor regalo que le podemos dar a los estudiantes, a la sociedad y a un país. Un docente dotado de la pedagogía afectiva, se convierte en un amigo, en un compañero, en un inspirador para cada estudiante; especialmente de los más carentes y necesitados. Una pedagogía del amor, implica aceptar al alumno tal como es, siempre original y distinto a mí y a los demás estudiantes, afirmando su valor y dignidad, más allá de si me cae bien o mal, de si lo encuentro simpático o antipático, de si es inteligente o pausado en su aprendizaje, de si se muestra interesado o desinteresado.

Por eso, hoy es necesario estrenar una pedagogía del amor que genere confianza y seguridad, características propias de las actividades socioemocionales. Es muy importante que, en este retorno a la presencialidad, el estudiante se sienta en la escuela, desde el primer día, aceptado, valorado y seguro. Sólo en una atmósfera de seguridad, alegría y confianza podrá florecer la sensibilidad, el respeto mutuo y la motivación, tan esenciales para un aprendizaje autónomo. En tal sentido, una pedagogía del amor tiene que ser paciente y saber esperar, porque respeta los ritmos y modos de aprender de cada estudiante y siempre está dispuesto a brindar una nueva oportunidad. Porque la educación es una siembra a largo plazo y no siempre se ven los frutos. De ahí que la paciencia se alimenta de esperanza, de una fe imperecedera en las posibilidades de superación de cada persona. Por todas estas razones, a todos los colegas que han iniciado con sus actividades pedagógicas, desde esta modesta columna de la BUENA NOTA, les deseamos muchos éxitos en este retorno a la presencialidad.

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