Por: Alexandra Riverón

Con sus manos cansadas, la señora María sigue cocinando para aquel batallón de gente. Sus 4 hijos se comen más de 1 kg. de arroz y entre los 5 se comen poco más de una lb. de carne. La ensalada se prepara los sábados por ser un día especial y el domingo se hace el famoso sancocho. La vieja casi llega a los 70 años. Doña María trabajó en un comedor escolar hasta hace pocos años. Se retiró porque se cayó de unas escaleras mientras buscaba algo en la despensa. Su fractura de cadera la obligó a abandonar su oficio.

Por más de 30 años la vieja de las manos cansadas cocinó para más de mil niños. Éstos hacían tanto ruido en ese comedor que más nunca quiso saber de llantos y gritos. No toleraba los ruidos de sus hijos ni de los nietos -¡Cállense que trabajé mucho rato con bulla!-. Era la jefe de cocina cuando se retiró. Ella dirigía las tareas de las otras cocineras: -Pela la papa/…/ corta este pollo/…/¿cómo está de sal?-. También decidía qué porción de sobras se llevaba cada quien: -Hay que ser equitativos, tomen sus viandas-, y preparaba la bolsa de comida que servía de pago para las otras empleadas: 1 kg. de harina, 2 kg. de granos, 4 plátanos verdes, 1 kg. de carne y pollo, entre otras cosas.

Los niños quedaban satisfechos, las empleadas también y de vez en cuando sus vecinos: -Comadre te traje este queso que me traje del colegio para esos niños suyos desnutridos-. Durante su estancia en el comedor María jamás pasó hambre y sus hijos estuvieron muy bien alimentados hasta que le llegó la vejez con una cadera rota, sin pensión y sin la plata para pagar un seguro de salud: -Al menos hay comida, eso es lo importante-.

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