Mario Vargas Llosa es, sin duda alguna, uno de los ensayistas de Latinoamérica más prolíficos y lúcidos, aunque políticamente tenga muchos desaciertos y genere mucha polémica. A partir del título de uno de sus últimos ensayos que publicara en la década pasada, La civilización del espectáculo (es sintomático que no utilice el término “cultura” o “sociedad” del “espectáculo”), consideramos que el Nobel utiliza la acepción “civilización” y “cultura” en los términos que Raymond Williams esclarece en Marxismo y literatura: “En primer lugar, existía un ataque a la “civilización” acusada de superficial; un estado “artificial” distinto de un estado “natural” […]. La “cultura”, o más específicamente el “arte” y la “literatura” (nuevamente generalizados y abstraídos), eran considerados como el registro más profundo, el impulso más profundo y el recurso más profundo del espíritu humano”.

En efecto, en sociedades (exteriores) donde prima lo “urbano” y el “lujo”, donde las necesidades vitales más trascendentes son satisfechas con facilidad y, por lo tanto, crea nuevas necesidades en el que el modus vivendi exige mejorar la calidad de vida; esto crea civilizaciones, grandes urbes y naciones, donde la gente está bien acomodada y disfruta de estarlo. Tanto disfruta que su felicidad se convierte en superficial, banal, ajenos a las superestructuras de la “cultura”, el gozo del espíritu. No obstante, Raymond William (su texto es de 1977) y Mario Vargas Llosa utilizan la acepción en el sentido tradicional, algo que en la actualidad totalmente ha cambiado, como lo demuestra el escritor peruano en su ensayo “Metamorfosis de una palabra”.

Ahí el autor rastrea la ¿evolución? de la palabra “cultura”, valiéndose de cuatro tiempos y trabajos: uno de T. S. Eliot (Notas sobre la definición de la cultura, 1948), George Steiner (En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura, 1971), Guy Debord (La sociedad del espectáculo, 1967), y, Frédéric Martel (Cultura Mainstream, 2010). En los dos primeros trabajos, la cultura se entiende de forma muy ortodoxa, religiosamente, donde el cristianismo y el academicismo juegan un papel importante. En el tercer trabajo, de Guy Debord, ya se vaticina lo que Mario Vargas Llosa planteaba con su reciente libro, aunque Debord califique el espectáculo marxistamente: “enajenación social resultante del fetichismo de la mercancía”. El cuarto y último libro citado de Frédéric Martel es un compendio de programas de televisión, videos, videojuegos, conciertos de rock, pero que carece en sus centenares de páginas de libros (la excepción es El código Da Vinci de Dan Brown), de pinturas, esculturas, filosofías, músicas, danzas clásicas y otras humanidades.

Mario Vargas Llosa sostiene que, en la actualidad, la cultura (por ende, la filosofía, las artes, la literatura, la política, la prensa) se ha frivolizado, es decir, ha sufrido una involución, un resquebrajamiento que él presiente como algo decadente. Esta frivolización de la cultura ha producido Literatura light, la prensa sensacionalista, y obras como la del joven Chris Ofili, que monta sus trabajos sobre base de caca de elefante solidificada. Estos productos, de los nuevos intelectuales de países de primer orden, “charlatanes” según el autor, sería cómicamente resultado de los intelectuales a los que se refería Antonio Gramsci: “podría decirse que todos los hombres son intelectuales, pero que no todos tienen en la sociedad función de intelectuales”.

Lamentablemente, estos “charlatanes intelectuales” son avalados por instituciones, críticos, periodistas, convirtiéndolos en centro de poder de persuasión para las nuevas generaciones. El texto de Gramsci es de 1963 y ya presentía la democratización y masificación de la cultura, banalizándolo, frivolizándolo, e insistiría en su teoría sociológica, ya que quería demostrar incluso que todos los hombres son filósofos por el simple hecho de que la inteligencia es inmanente al hombre. En nuestra época, los aportes de Gramsci son un vislumbramiento de gran cuantía para entender el proceso de la mercantilización de la cultura (Gramsci explora mucho los fenómenos industriales y empresariales emparentados con la política de su tiempo).

Esta frivolización del arte y la cultura se ha producido en la globalización (“integración pluricultural” lo llamaría Néstor García Canclini) y, por lo tanto, de la libertad de mercados que en la actualidad es realidad de todos los días, una abundante mercantilización transnacional. Quizás Vargas Llosa, un liberal, caiga en esta contradicción, al postular en contra de estos fenómenos. Es cierto, pues el autor de La casa verde afirma: “De otro lado, en las tareas creativas y, digamos, imprácticas, el capitalismo provoca una confusión total entre precio y valor en la que este último sale siempre perjudicado, algo que, a la corta o a la larga, conduce a esa degradación de la cultura y el espíritu que es la civilización del espectáculo”.

Más esa no es la única contradicción en su fabuloso ensayo, pues arremete contra filósofos e intelectuales de la talla Foucault, de quien dice que era homosexual y le gustaba merodear los prostíbulos gay de París y era un sidoso que postulaba una conspiración contra él, y Jacques Derrida, de quien dice que leerlo era una masturbación intelectual. Estos filósofos, como nosotros bien sabemos, se leen en todas las universidades del mundo, porque sus trabajos, ya estructuralistas o posestructuralistas, fueron un gran aporte a la historia de las ideas y la crítica literaria.

Esta frivolización de la cultura es lo que ha creado la “cultura a domicilio” como denomina Néstor García Canclini a este fenómeno que Vargas Llosa encuentra en los Polvos Azules de La Victoria, donde el autor peruano afirma que ahí, gracias a la piratería, ha proliferado la inmoralidad en los peruanos y, en general, de los latinoamericanos.

Estas estadísticas corresponden a 1994 y el libro de Mario Vargas Llosa corrobora esta tendencia. Este abundante consumo de lo audiovisual, como son la Televisión Chatarra y, ahora, el internet con sus cuantiosos videos e imágenes digitales, está, según especula Vargas Llosa en su ensayo “Más información, menos conocimiento”, deteriorando la inteligencia. En efecto, el Nobel peruano pone el ejemplo de Nicholas Carr, estudiante de Literatura en el Dartmouth College y en la Universidad de Harvard, quien escribió Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011), donde cuenta su experiencia personal de conversión de lector voraz y crítico a uno insípido y hasta desatento e indiferente, producto de su enviciamiento al internet. Esta inmanencia de los vídeos de internet al deterioramiento de la inteligencia ya lo planteaba, de algún modo, Giovanni Sartori, quien proponía que el homo sapiens es un animal simbólico (apoyándose en Ernst Cassirer: las letras son símbolos de la racionalización) que se está transformando en un homo videns, es decir, aquél que piensa en imágenes, algo semejante a las capacidades ancestrales del homo sapiens. Lo que sustenta en primera instancia Giovanni Sartori es: “el hecho de que la televisión modifica radicalmente y empobrece el aparato cognoscitivo del hombre”.

Como se vio, Vargas Llosa es un intelectual que disiente, siendo parte de ella, de una civilización del espectáculo: “donde el primer lugar en la tabla de valores vigentes lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”. Esta mismo hecho de discrepar y sustentar racionalmente su incomodidad lo convierte en un intelectual tradicional: radical, crítico, incómodo, refunfuñador: heterodoxo, siempre tiene una distinta opinión. En palabras de Umberto Eco, ¿sería un apocalíptico o un integrado?, pero de tildarlo el primero le salva esta afirmación vargasllosana: “No digo que esté mal que sea así. Digo, simplemente, que es así”. Con estas palabras, y por el análisis serio que hace Vargas Llosa en sus ensayos, se salva de ser un “moralista cultural”, como califica a aquellos intelectuales que, luego de descubrir el problema, los deja de lado.

Entonces, al igual que el semiólogo italiano, Vargas Llosa se adentra en la cultura de masas para analizarlo y juzgarlo, aunque utilice más adjetivos que Umberto Eco, que más bien es un integrado. Vargas Llosa plantea al final, a pesar de todo, que se puede mantener el buen arte y la formación de la cultura en el sentido tradicional, utilizando la metáfora del “dinosaurio”, aquel ser prehistórico que metaforiza al intelectual, al crítico, al artista y el pensador serio y anacrónico en tiempos difíciles.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en diversas páginas virtuales, antologías, revistas, diarios, plaquetas y/o, de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España. También, ha sido distinguido en otros certámenes literarios.

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