El triunfo de Pedro Castillo en los comicios del 2021 y su inevitable llegada a la Presidencia del Perú significa el final del keikismo, anticipo del deceso del fujimorismo y la clase política que ha venido manejando el país y su capital, Lima, bajo diversas caretas: alanismo, castañedismo y otros ismos personalistas.

Versión renovada de la corriente política instaurada por Alberto Fujimori, el keikismo alcanzó su cima tras las elecciones del 2016, donde obtuvo una aplastante mayoría parlamentaria. Y ese mismo año comenzó a declinar, al dedicarse a proteger abiertamente los intereses de grupos empresariales evasores de impuestos, de corporaciones mafiosas tipo Odebrecht y redes criminales como “Los cuellos blancos del Puerto” (que se burlaban de la ley porque se habían instalado en puestos claves del Poder Judicial).

Todo esto fue comprobado por la prensa independiente y corroborado por fiscales honestos.

El keikismo no tenía nada que envidiar a las trapacerías del fujimorismo noventero. Existen libros sobre estas miserias, por ejemplo Cómo Fujimori jodió al Perú, escrito en parte por Vargas Llosa.

Los Fujimori se hicieron multimillonarios en pocos años y querían más en su sed tremenda de poder. Su vocación autoritaria y cleptocrática era tan evidente, pero muchos no quisieron verlo, por eso en su momento Keiko fue la congresista más votada y Kenji, su hermano, en otro momento, el más votado.

En la segunda vuelta de las elecciones del 2021, ya no era secreto que gran parte de los grupos empresariales del país (Gloria, Confiep, Credicorp y otros) financiaban la campaña de Keiko y los poderosos medios de comunicación masiva le hacían coro, tal como lo habían hecho durante la dictadura de Alberto Fujimori.

El asunto llegó al clímax cuando los líderes de la mayoría de los partidos políticos en escena fueron a darle su respaldo a la candidata de Fuerza Popular.

¿Estaban asustados por el “comunismo” de Castillo?

Estaban asustados, lo están todavía, frente a la posibilidad de que el nuevo presidente, andino e izquierdista, extraño a la clase política peruana corrupta, comience a poner orden, por ejemplo, profundizando en las investigaciones para castigar a las corporaciones mafiosas y a los partidos políticos que actúan como organizaciones criminales.

El tiempo dará cuenta del cumplimiento o no de la promesa de Castillo y su partido político, de promover los cambios urgentes para encausar el país hacia su anhelado despegue.

Lo seguro es que la gran derrota de Keiko hunde también a los partidos financiados por las mafias. Partidos, algunos de cuyos miembros conspiran actualmente con el keikismo para dar un golpe de Estado, como último recurso. Así, se van suicidando políticamente, aunque moralmente ya estaban desahuciados. Esto se clarificará en los años siguientes, cuando ya solo queden los nombres de sus jefes (Barnechea, López Aliaga y afines) flotando como malaguas, tratando de adherirse a los incautos.

Felizmente, ya se avizora un panorama propicio para el surgimiento de organizaciones partidarias saludables, de una nueva clase política (con sus propios matices), que ya va reclamando sus cuadros a la juventud.

¿Qué opinas?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

*