La incorporeidad de las cosas habituales

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El adjetivo incorpóreo, abarca desde aquello que no tiene cuerpo, hasta aquello que no es posible percibirlo por los sentidos mortales. En esa escala, es posible y hasta lógico aquello donde se menciona que todos los sentimientos son incorpóreos, un aspecto por cierto discutible.
Para mi generación, (nacidos en la década de los setenta); fue una época donde descubrimos nuestra pasión por la lectura: en los libros físicos, aquel conjunto de hojas y tapas y contratapas, con olor a tinta, ese olor es el aroma característico de las cosas nuevas, además de otras características como el volumen y el peso, aspectos que confluían para hacer de aquello toda una experiencia objetiva. (una fiesta para los sentidos).
Y en el caso de la música, con el paso de los años y los meses, transmigramos de los tocadiscos y los long plays a los casetes. El Long play (en inglés: disco de larga duración), es un disco de vinilo de 30,5 cm de diámetro, en el cual se puede grabar, en formato analógico, un máximo de unos 20 a 25 minutos de sonido por cada cara. Los casettes (en francés: cajita), es un sistema de grabación de sonido en cinta magnética, con una capacidad de almacenamiento de: hasta 120 minutos.
Luego vino la revolución digital y los casetes fueron reemplazados por los Compact Disc, posteriormente aparecieron los Digital Versatile Disc y luego a ello, llegó el rey de la alta fidelidad su majestad el Blu-ray Disc. Pero todos estos discos de alta definición poseen un volumen, un peso específico, razón por la cual puedes manipularlo, en resumen, todos ellos ostentan corporeidad, que es algo sustancial que permite la interacción entre el objeto y los sentidos humanos.
En 1958 se desarrolla el chip (circuito integrado). Hacia 1981 IBM saca un ordenador más asequible para el público consumidor entrando en escena el MS-DOS de Microsoft. En 1990 se inicia la era de la internet. Hacia el 2007 Steve Jobs presenta al mundo el iPhone, un accesorio tecnológico, con el cual puedes comunicarte, acceder a internet, tomar fotos, escuchar música, ver películas, revisar tus redes sociales, tu correo, ver noticias de cualquier parte del planeta interconectado. En consecuencia, hacia 1990 y pasando el umbral del segundo milenio del «Anno Domini», se desarrolló de maneras inimaginables, la interconexión digital, trayendo consigo la incorporeidad de las cosas habituales.
Hoy en día un adolescente, niño, joven, adulto, adulto mayor, ya no tiene la necesidad de comprar un disco digital para escuchar su música favorita o la película de su elección. El lector ya no requiere adquirir un libro físico, porque todo ello lo encuentra en el universo digital y el acceso es sencillo, solo mediante un «click», desde la pantalla de su celular.
Sin darnos cuenta, hemos reemplazado, las lectoras de discos digitales, los casetes, los periódicos, los libros, la televisión, los minicomponentes, la radio, la cámara fotográfica por un solo objeto tecnológico. La música que escuchamos, los libros que leemos, las películas que nos sorprenden perdieron su corporeidad, pero están allí, en ese universo digital y solo los más conservadores no se atreven a sobrevivir en esta realidad, prescindiendo de la corporeidad de las cosas que les son habituales.
APOSTILLA: En el caso específico de los libros, podemos hacer una comparación: un libro digital te cuesta entre 34 y 35 soles, mientras que el mismo libro, en físico te llega a costar entre 96 y 97 soles aparte del costo del envío, que varía entre 20 y 70 soles, pero aun así, se siguen comprando libros físicos, ellos, son los conservadores.

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